viernes, 25 de enero de 2008

Relato de Marco Retana de Costa Rica: Como sobrevivir en nuestro hobby


Cómo Sobrevivir a las Novedades del 2008
Relato de un ferromodelista.
Marco Retana nació en San José, Costa Rica en una noche lluviosa del mes de Octubre. La clínica donde nació estaba a cuadra y media de las vías del tren, en aquel San José que podía presumir de tener un tren. En su primera noche de vida, entre el llanto de sus coetáneos y el constante chachareo de las enfermeras, escuchó por primera vez el silbato de una locomotora. Quizás como sucede con los animales, aquel sonido quedó grabado en sus jóvenes neuronas. Corría el año de 1964.
El primer cumpleaños que Marco recuerda con absoluta lucidez fue su número cinco. Lo recuerda por un detalle que también le marcaría de por vida. Esa tarde su padre llegó a la casa con un obsequio que a Marco se le antojaba gigantesco. Nunca antes había visto tanto papel de regalo junto, ni un lazo tan grande.
El papel tardó 10 segundos en quedar hecho trizas y el lazo no corrió la misma suerte solo por lo difícil que es rasgar la cinta de seda. Cuando por fin pudo ver el contenido quedó pasmado, pues se trataba nada más y nada menos que de un tren. Una locomotora negra y dos vagones verdes con techo plateado, una caja azul con una perilla roja y diez pedacitos de vía.
Más tarde, cuando aprendió a leer, se cuestionaba porque aquel tren escribía su nombre con dos tildes seguidas, pero claro, ya para entonces sabía que venía de Alemania. Agradeció a Dios por haber nacido en un país que habla español, porque si la maestra le regañaba porque a veces no escribía una tilde, ni se imaginaba la complicación de tener que escribirlas de a dos en dos.
Como a Costa Rica Santa Claus no llegaba y los Reyes Magos solo eran tres figuritas en un portal, Marco se dedicó a pedir al Niño Dios siempre algo para el tren. No comprendía por qué si le había pedido una locomotora, recibía en su lugar una bola de fútbol y un par de medias. Aún así su tren fue creciendo, pero tan lentamente como crecen las piedras.
Cuando Marco tuvo 10 años, le propuso a su madre que en lugar de darle el cuarto que sobraba en la casa a la hermana que ya pronto llegaría, lo usaran para el tren. En Mayo de ese año, en lugar de mesa, líneas y vagones, el cuarto de llenó de peluches, una cuna y ropa de bebé.
Aunque intentó durante varios años convencer a sus padres de lo inútil que era tener una oficina que el padre rara vez usaba, el tren siguió en una caja de madera, de esas en las que antes se vendía el whiskey. Esa caja al que se le grabó fue al tren y el gusto por los aromas de Baco tuvo por efecto que luego se dedicara a reclamar vagones de casas cerveceras. No se sabe si es intencionalmente, pero si no llegan constantemente los vagones cerveceros, el tren simplemente deja de funcionar, sin que el mejor de los técnicos lo pueda echar a andar. Ya son 27 los vagones de cerveza y como en el 2008 solo uno hay en el catálogo, de seguro que el tren reclamará a más no poder, es posible una huelga general, como esas que se dan en Palmares.
En un santiamén pasaron 35 años, pero como las piedras crecen tan lentamente, Marco llegó a acumular solo 4 locomotoras y unos 15 vagones.
El deseo de un cuarto para el tren nunca se hizo realidad, así que la caja de whiskey se tornó en la eterna morada de aquel gigante de hierro.
Cuando mucho Marco lograba de vez en cuando convencer a su madre de que le cediera un espacio en la sala y así, en el puro suelo se formaba un trazado provisional, que nunca tenía la misma forma y que solo duraba hasta que su hermano se paraba en un vagón, el perro marcaba su territorio sobre la vía o la sirvienta arrasaba con todo. Ese tren tiene varias cicatrices que cuentan de todos esos episodios.
Cuando Marco cumplió 40, con la cabalística edad le llegó la consabida crisis, que no le dio por andar con mujeres de la mitad de su edad, ni por entrar a un gimnasio para sentirse joven como siempre o por andar en auto deportivo o trasnochar constantemente para asegurarse de que la vida no se está escapando.
No, todo eso hubiera sido demasiado pueril para aquel cuyo primer contacto con el mundo industrial fue un silbato de locomotora el día de su nacimiento. No, la crisis de los 40 le dio, como era de esperarse, por los trenes, y su idea de dejar algo a la posteridad se redujo a escala 1:87.
Una fría mañana de diciembre del 2004, tomó la cinta métrica, midió el patio de la casa, negoció con su esposa para "robarse" la mitad de ese patio, habló con los perros para explicarles que ahora estarían más estrechos e inició la construcción de un cuarto de 5 x 4.30 metros. Claro como su esposa siempre fue más hábil en esto de las negociaciones, antes de que se comenzara a quitar el césped, había un nuevo auto en la cochera. Auto que por supuesto Marco puede usar solo si tramita los respectivos permisos, por triplicado, aunque también por supuesto es él quien visita mensualmente el banco.
Parece que ahora si las piedras comenzaron a crecer rápido, pues en abril del año 2005 estuvo listo ese anhelado cuarto. Según sus cálculos, Marco pensó que no sería tan diferente a cuando lo armaba en el piso. Pobre de Marco, que no contaba con un ferroamigo experimentado que le hiciera ver su pequeño error de cálculo.
Poco a poco fueron llegando cajitas de todas partes, que primero unas reglas y tornillos, que luego prefiero cortar con sierra, que ahora donde pongo la sierra, que ya salió el catálogo del 2005, que cuales cosas no voy a comprar, que donde pongo esta otra caja, que que lento el avance de la mesa, que la esposa le reclama que solo en ese cuarto quiere pasar metido, que vamos al cine, que el supermercado, que la suegra, que parece que hay que sacar cita para poder avanzar con eso de la mesa, que cual mesa, que son trece, que es más difícil que cuando era en el piso, que mejor me consuelo comprando vagones, que que linda esa E-91, que si no la compro ahora no hay cuando, que llegó un Miércoles Santo, que ya me cierran la aduana, que no quiero ni oir hablar de romanos, que me dejen la comida en la puerta, que mejor me consuelo comprando vagones y locomotoras, que que es eso del Central Station, que porqué no es de color azul, que cuando sale, que cuánto cuesta, que sí la compro, que mejor me espero.
Por fin el día del cumpleaños 41 estuvo lista la mesa del tren, o el ensamble de mesas que como dije son trece. Para entonces ya había contactado a gente de mayor experiencia y cuando los llevó a ver LA MESA, se rajan y le dice que está muy bien, pero que eso es solo la base, que si nunca ha construido una rampa, que mejor repita lo mismo pero a otra altura. En fin esto es de no acabar. Así pasan dos meses más y por fin el 30 de diciembre del 2005, circula el primer tren sobre una parte de la mesa, es una vueltilla insignificante, mejores se han hecho en el puro piso, pero por fin después de 36 años Marco tiene el dichoso tren sobre una mesa.
¿Y debajo de la mesa? Bueno esa es otra historia, pero Marco reflexiona sobre la cantidad tan variada de formas y tamaños de cajas que existen y que de niño, en lugar de armar rompecabezas, debió haberse dedicado a acomodar cajas unas encima de otras, hasta lograr un cuerpo uniforme.
Ya van casi 3 años y medio y Marco pasó de 4 a 17 locomotoras, más tres automotores (ICE 3, VT 08.5 y el "busito"). En vagones pasó de 15 a 97, incluidos los de cerveza que son el precio de tener un tren en marcha.
Así las cosas el año pasado Marco tomó una decisión: apurar la construcción de la maqueta y dejar en suspenso la compra de material rodante, salvo el de cerveza de este año, que aunque es de marca repetida al menos tiene un diseño diferente.
Es cierto que hay mucha oferta tentadora pero para Marco, mientras no resuelva lo del rompecabezas de las cajas que habitan debajo de la mesa, le parece que lo más sensato es irlas vaciando de a poco y colocar el contenido en el lugar donde finalmente deberá quedar.
Como todo coleccionistas, Marco es un mentiroso, al menos con su esposa, claro a ella nadie la engaña, porque o ya conoce el peso específico de esa mesa o los de Lokshop son sus confidentes, porque no se le escapa compra alguna. Así que sus mentiras de que costó muy barato o que hace años compró ese vagón, nadie se las cree.
Como Marco no tiene dinero para cambiar nuevamente el auto de su esposa, se ha dedicado a consumir sus compras de los últimos tres años y ha jurado que este año no comprará más vagones que el de cerveza, claro Marco aún no ha visto el catálogo nuevo ni el de las novedades. De paso es más fácil ocultar una bolsita con fibras para simular césped, que una locomotora nueva.
Así que Marco parece que será uno de los Ferroamigos que sobrevivirá a los precios de esas novedades, que ni tan nuevas parecen, pero que por favor, que alguien le esconda la tarjeta de crédito cuando llegue el catálogo, que no sea que termine sucumbiendo a la tentación.
Con cariño para los Ferroamigos,
Marco Retana Mora

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